
Una de las primeras cosas que me vino a la mente mientras veía Call Me By Your Name fue el recordar lo que sentí cuando me enamoré por primera vez. Tenía 12 años y conocí a una chica (ella tenía 13) en un taller de estudio que tomé por las tardes. Nuestra breve relación se dio gracias a diferentes encuentros intelectuales, moderados por una maestra que nos asesoraba, donde nosotros éramos evaluados constantemente, a fin de mostrar un mejor desempeño en la escuela. El compañerismo fue clave para conocernos más, hasta que me encontré en una situación en donde inevitablemente le confesé mis sentimientos. Tras una relación fugaz, llena de altibajos por la poca inteligencia emocional que ambos teníamos (éramos pubertos, al fin y al cabo), cada quien tomó su respectivo camino. Y así me encontraba yo, como el joven Elio (Timothée Chalamet), mirando la fogata (aunque yo no tenía fogata. Más bien miraba los árboles en el parque) con lágrimas en los ojos.
Creo que esa es la magia de Call Me By Your Name. La película de Luca Guadagnino es capaz de evocar tiempos pasados, donde las primeras sensaciones de enamoramiento provocaban un desconcierto en nosotros. Es, en cierto modo, una manera sutil de hacernos recordar aquellos tiempos de inocencia donde el amor estaba por encima de casi todo. Donde dábamos todo sin esperar recibir un duro golpe a cambio. Donde el sufrimiento por la primera ruptura se sentía como una puñalada mortal en el estómago.
Elio y Oliver (Armie Hammer) se conocen un día de verano de 1983 en el norte de Italia. Elio, de 17 años, es un joven estudiante que se encuentra en una búsqueda personal para encontrarse a sí mismo. Oliver, por otro lado, es un adulto joven que llega con el padre de Elio para aplicar su internado con el fin de obtener el doctorado. El conflicto de esta historia inicia cuando se establece que ambos son personajes completamente diferentes y en un inicio chocan gracias a Elio, quien intenta demostrar que él no es un chico como los demás; tras de ese cuerpo flacucho e inocente se esconde una mente brillante y madura para su edad. Elio es el ejemplo de un chico intelectual que insiste en buscar una validación a través del intelecto, de la soltura y habilidad en su lenguaje y la capacidad cognitiva que tiene, no solo para analizar cualquier caso de estudio, sino para cambiar de idioma hablado con facilidad, pues en su casa se habla inglés, alemán, francés e italiano. Oliver, por otro lado, es un tipo más simple, aunque no se deja intimidar al responder con prudencia cualquier tipo de cuestionamiento de parte de Elio que busque ponerlo en aprietos. A lo largo de la película, Elio y Oliver se van conociendo a través de la cultura del escenario en donde están puestos, de ese esgrima verbal e intelectual que ocurre entre los dos y de ese descubrimiento paulatino que va reforzando el vínculo emocional que ambos crean de manera inconsciente.
Call Me By Your Name acierta en exponer este tipo de relaciones dispares en donde se establece una inevitable lucha de poder ante el argumento de la diferencia de edades. Por si fuera poco, la relación de ambos personajes, al ser del mismo sexo, se ve comprometida inevitablemente ya que ocurre en un momento de la historia donde ni siquiera la Europa más intelectual, artística y liberal puede permitirla en todos los rincones de su territorio. Se asume que es un amor secreto y prohibido, pues los personajes ocultan sus intenciones al estar en público y se muestran tal y como son en la privacidad. Al ser una película que, además, explora el concepto del primer amor (sobre todo si lo vemos desde la perspectiva de Elio), el realizador Guadagnino y el escritor James Ivory adaptan de manera eficiente en el guión este motivo, convirtiéndolo en su núcleo. El resultado es una obra que puede conmover y crear empatía, pues a pesar de que sus personajes están muy definidos, la idea del primer amor está intacta y se puede transmitir sin dificultades.
A pesar de los aspectos muy positivos ya mencionados, Call Me By Your Name es una película que cuenta con algunos problemas que no terminan por construir una obra absoluta. Mucho tiempo se ha invertido en romantizar hasta el cansancio el bello e inocente romance que existe entre Oliver y Elio. Se ha hablado sobre cómo los personajes se complementan a la perfección y cómo los actores (Chalamet y Hammer) tienen una química tan fascinante, que pareciera que en verdad se están enamorando conforme va avanzando la trama. El trabajo tan pulido y artesanal de la producción de Guadagnino, tan autoral y tan arthouse cinema que recuerda a Renoir, a Bertolucci y a otros héroes del cine de Europa Central se encarga de maquillar con mucha eficiencia algunos aspectos vagos y conflictivos que nacen del mismo guión y pueden plantear ideas bastante preocupantes. La relación entre los protagonistas es, en realidad, una relación de poder en donde Oliver toma ventaja de su joven enamorado. Si bien es válido argumentar que ambas obras (el libro y la película) están vistas desde el punto de vista tan ingenuo y precoz del joven Elio, lo que permite crear esta perspectiva tan hermosa y perfecta de su romance, lo cierto es que la película exhibe esta visión sin estar consciente de la idea tan problemática que está creando: que no existe ningún abuso de poder entre una relación tan dispareja en edades. Incluso me da la impresión de que Guadagnino decide meter con calzador un monólogo emotivo a través del personaje del padre de Elio, quien entre líneas admite estar consciente de lo que hace su hijo, sentirse feliz por ello y reconocer que él también quiso hacerlo en su tiempo y no tuvo la oportunidad, para justificar de alguna manera que la premisa de la película tiene todo el sentido y la lógica del mundo, mientras sigue respaldando la obra con el argumento universal del primer amor. Si bien el guión no está mal escrito (todo lo contrario: plantea con mucha inteligencia el engaño), es el punto más cuestionable de la película. El resto de la producción es un trabajo sobresaliente, aunque Guadagnino, tan orgulloso de su tierra y de su cultura, complementa su obra con escenas con muchos diálogos grandilocuentes y pretenciosos entre sus personajes, quienes discuten el arte, la historia y la filosofía mientras recurren a un innecesario code-switching entre cuatro idiomas diferentes, como si fueran inmigrantes intentando comunicarse entre sí. Todo este euro centrismo aplicado al romance dispar y fetichizado por Guadagnino termina creando una impresión de que hasta las relaciones interpersonales y homosexuales entre hombres blancos que se llevan a cabo con una pureza y hermosura de principio a fin, también son una cuestión de privilegio y no algo universal.
En conclusión, Call Me By Your Name es una buena película en cuanto a estructura y realización. Es una obra bonita y conmovedora que está llena de grandes actuaciones y que puede transmitir algunas enseñanzas valiosas. Sin embargo, es necesario cuestionar muchos de los argumentos que se abordan en esta película y permanecer dentro del escepticismo. No es ni de lejos la mejor película europea que ha tocado el romance homosexual, la identidad de género y las relaciones de poder entre sus protagonistas. Guadagnino, si bien demuestra el gran talento que tiene como realizador, no le hace justicia del todo a los grandes referentes que intenta homenajear en esta película.
En conclusión, Call Me By Your Name es una buena película en cuanto a estructura y realización. Es una obra bonita y conmovedora que está llena de grandes actuaciones y que puede transmitir algunas enseñanzas valiosas. Sin embargo, es necesario cuestionar muchos de los argumentos que se abordan en esta película y permanecer dentro del escepticismo. No es ni de lejos la mejor película europea que ha tocado el romance homosexual, la identidad de género y las relaciones de poder entre sus protagonistas. Guadagnino, si bien demuestra el gran talento que tiene como realizador, no le hace justicia del todo a los grandes referentes que intenta homenajear en esta película.
Calificación personal: 7
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