
“In a certain sense the past is far more real, or at any rate more stable, more resilient than the present. The present slips and vanishes like sand between the fingers, acquiring material weight, only in its recollection.” - Andrei Tarkovsky
Es un día como cualquiera en la gran Ciudad de México. El día es soleado, los pájaros cantan, a lo lejos se escuchan los pitidos de coches, el sonido del afilador que recorre las calles de la añeja colonia Roma. En los cielos surcan aviones que se hacen presentes cada pocos minutos, señalando el siempre inevitable paso del tiempo. En una de muchas escaleras de fierro que están puestas en los costados de las casas, se encuentra una mujer de rasgos indígenas, tan contrastantes con el linaje mestizo de los dueños del edificio. Ella está subiendo la escalera mientras carga una bola de ropa sucia, lista para ser lavada en la pileta que está en la azotea. A lo lejos, uno de esos aviones rompe ligeramente el silencio y desaparece entre las nubes. Es una puesta en escena común y corriente, si no tomamos en cuenta cada una de las circunstancias que hicieron llegar a Cleo (Yalitza Aparicio), la protagonista, a ese momento en el tiempo.
Roma de Alfonso Cuarón está basada en las vivencias de muchas personas. Individuos que podríamos ser tú o yo, pero que en definitiva pasa que son las personas que han definido la vida del realizador de una forma que nadie más pudo haberlo hecho. La historia, centrada en Cleo, es un collage de recuerdos (algunos muy vivos y otros difusos; algunos fieles a una realidad que ya no existe y otros creados a partir de la ficción, que resulta ser igual de palpable que el pasado) y eso se puede notar desde la primera toma, tan real como onírica, matizada con sonidos de agua que es regada en un piso de loseta. Cleo trabaja para una familia mexicana de clase media. Ella vive con ellos y forma parte de la vida de los más pequeños, quienes la ven de diferentes formas: a veces como una amiga, a veces como una madre que está para ellos cuando la verdadera se ausenta. La familia vive en su burbuja: comparten noches donde se la pasan en la sala viendo la tele, pero al día siguiente lidian con sus demonios, incluso los más pequeños. Y en el caso de Cleo, su demonio se llama Fermín, un joven practicante de artes marciales a quien conoce gracias a su amiga Adela, otra empleada doméstica que también vive en la casa. A partir de ese momento, la vida de Cleo toma giros inesperados que la llevan a vivir una serie de sucesos que cambiarán su vida por completo.
Cuarón retrata la vida de Cleo (o más bien: Libo, la empleada doméstica real que cuidó de él cuando era niño) con parsimonia y mucha meticulosidad. A diferencia de otras producciones como Gravity (2013) o Children of Men (2006), donde el director se encargaba de montar obras expresivas, coreografiadas con precisión y llevadas a cabo con un trabajo técnico ambicioso, donde la cámara siempre era inestable y se movía con ritmos violentos, en Roma la toma siempre es estática y lejana, apenas lo suficiente para alcanzar a distinguir los rostros de sus protagonistas. En este caso, tanto Cuarón como nosotros somos testigos y nada más. La cámara, como si fuera un fantasma atrapado en el tiempo, solo se encarga de registrar desde la lejanía una serie de recuerdos, un compendio de imágenes que bien pueden estar en la cabeza de la misma Cleo y es por eso que en ningún momento somos parte de la acción.
La cuestión con Roma es que, es tan diversa que se pueden tocar muchos aspectos para realizar un análisis diferente. Primero que nada está el concepto de las memorias y cómo los acontecimientos que continuamente definen la vida de nuestros allegados, a su vez, también definen la nuestra. Sin Cleo (o Libo) no habría un Cuarón. No de la misma manera. Y quizás ni siquiera sería cineasta. Es por ello que en esta película podemos apreciar eventos bastante fuertes como la escena del temblor (filmada en un edificio que se cayó y ya no existe en la realidad), la escena del incendio en año nuevo, la impresionante secuencia de la matanza del jueves de corpus en 1971 y sobre todo, la escena de la playa. Otro elemento que se presta para el análisis es el rol de Cleo y su papel, no solo como personaje, sino como mujer. Roma es un homenaje a las mujeres mexicanas, al sufrimiento silencioso por el que históricamente han tenido que pasar para sobrevivir y llevar a cabo una vida digna. "Al final siempre estamos solas" le dice el personaje de Marina de Tavira a Cleo, completamente bajo los efectos del alcohol, pues solo así es capaz de desahogar la frustración que lleva cargando consigo desde hace tiempo. Finalmente, la película también existe como un registro histórico sobre el significado de ser un mexicano que vive en una promesa de tierra en desarrollo, siendo presa de la decadencia y la paranoia que implica vivir en un monstruo urbano que crece a pasos agigantados.
Puedo entender por qué a muchas personas no les llama la atención ver una película como esta. También puedo entender las opiniones negativas de quienes la vieron. Roma obedece a un tipo de cine que está bastante alejado a lo que se consume el día de hoy, incluso para los estándares del cine de arte actual. Se puede notar una efervescencia en la manera que Cuarón hace su película. Los claros homenajes al neorrealismo italiano de mitad del siglo pasado (tiempo en el que se sitúa esta película), el evidente uso del agua con diferentes propósitos simbólicos, recurso que es herencia del mismo Andrei Tarkovsky. La necesidad de Cuarón por crear una obra eterna que siguiera caminos específicos para llegar a la universalidad sin necesidad de sacrificar la cotidianidad del folclor mexicano, de su hogar, está presente en cada cuadro de esta película. Es el legado de un hombre cosmopolita que, a pesar del inevitable paso del tiempo, aún se mantiene renuente a dejar que sus raíces se resquebrajen y los restos terminen esparcidos en una tierra sin nombre.
Calificación personal: 10
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