
Finalmente, la trilogía de M. Night Shyamalan llega a su fin. En 2002 parecía que Unbreakable era una película con una historia completamente aislada. Una apuesta del Shyamalan más fuerte, que a inicios de la década pasada tenía la pinta de ser un director prometedor. Después, en 2016, Split llegó haciendo ciertas referencias a la película de súper héroes de culto que Shyamalan hizo en el pasado. Sin embargo, la confirmación de que ambos universos eran, en realidad, uno solo apareció durante el final de la cinta. Shyamalan lo tenía muy claro: tenía que cerrar su trilogía juntando a ambos personajes principales.
Glass es una conclusión, hasta cierto punto anticlimática, de las historias de Unbreakable y Split. Shyamalan tomó el riesgo de juntar a dichas cintas en un mismo universo. El resultado es algo confuso y satisfactorio, aunque muy a secas. Es sabido que el responsable de desastres como The Last Airbender (2010) o After Earth (2013) tiene una forma muy particular de contar historias y moldear personajes. A diferencia de las precuelas ya mencionadas, el desenvolvimiento de Glass es repetitivo y cae rotundamente en pecados básicos ya vistos en el cine contemporáneo (y por supuesto en el Shyamalan que existió entre 2005 y 2013). No obstante, en su obra de súper héroes de culto (y muy personal) hay elementos bastante interesantes (eso sí, sujetos a la percepción) que cuentan mucho más de lo que se ve en pantalla. Hay cosas muy valiosas en esta película, aunque es difícil notarlo. El ritmo pausado y los diálogos sobreexpositivos (tanto que hasta se escuchan bastante tontos), son, entre varias cosas, aspectos que pueden impedir una apreciación adecuada. Y bueno, el tercer acto de este filme, como la carrera de Shyamalan, es un "o lo amas o lo odias".
Calificación personal: 6.3
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