En la periferia de la gran urbe de Monterrey está establecida una tribu urbana bastante peculiar. Son conocidos como "cholombianos" o miembros de La Kolombia Regia, y se les puede identificar fácilmente, ya que su forma de vestir es muy holgada; usan camisas largas que simulan ser pochos guadalupanos, shorts, tenis y peinados estilizados con gel y cortes poco ortodoxos. El movimiento no es nuevo, ya que desde los años sesenta se concibió gracias al choque cultural que hubo entre la gente migrante que se estableció en la vieja colonia Independencia de la tierra regiomontana. Entre los cholos y chicanos que venían de Estados Unidos y los colombianos que llegaban desde su país, en busca de alcanzar el sueño americano, se dio este particular movimiento que tiene la música como punto central. Hoy en día, es fácil distinguir el estilo musical de los cholombianos: una cumbia o vallenato de Colombia que es ralentizado o "rebajado" para que la melodía se extienda y el baile se vuelva más íntimo. La tribu urbana, lamentablemente, está prácticamente extinta; el crimen organizado fue, en gran parte, el responsable de que este movimiento decayera considerablemente.
Ya no estoy aquí es la segunda película del realizador mexicano Fernando Frías. Su propuesta parece un homenaje a la contra cultura de los cholombianos, pero es mucho más que eso. La película toma lugar en el año 2011 en los barrios marginados de Monterrey. Era un tiempo conflictivo y con muchos contrastes en la sociedad regiomontana de aquél entonces. Por un lado, la sociedad conservadora y clasemediera que casi no tiene participación en la película; solo está ahí, en el fondo, siendo retratada en algunos planos generales cuando la cámara hace un panning del centro de la urbe. Es el contexto de lo "civilizado" y "normal" que tanto difiere con la Kolombia Regia. Por eso el contemplar a esta tribu urbana en particular puede ser un tanto chocante en un inicio. A esto se le agrega otra facción de la sociedad que hasta el día de hoy ha sido objeto de muchos señalamientos e irónicamente, también objeto de tabú y de censura: el narcotráfico. El protagonista de esta historia, Ulises (Juan García), es un chico de diecisiete años que ha vivido toda su vida en la miseria, no solo por su situación económica, sino por su lamentable situación personal. Nacido en un barrio sin un padre, con una madre violenta que lo agrede y lo desprecia, Ulises es un chico que tuvo que salir a las calles para encontrar una identidad, algo que le diera un sentido a su vida. Es cuando entran a la historia varios personajes secundarios, amigos cholombianos de Ulises, que son unidos como una familia y comparten la misma pasión por la música y la pandilla. Ellos forman "Los Terkos" y todo parece ir bien hasta que en el barrio se empieza a sentir la presencia de un nuevo grupo de personas: unos individuos vestidos con gorra que se mueven en camionetas blindadas y traen armas en su poder. La situación empeora para Ulises cuando se ve amenazado por uno de estos delincuentes y se ve forzado a pedir ayuda para cruzar la frontera a Estados Unidos de manera ilegal.
En esta película se explora una gran cantidad de temas. El primero es, evidentemente, el tema de la identidad. Ulises es un chico que ha sido lastimado por los demás, prácticamente desde que tiene memoria. Primero fue su madre y una vez que está en el exilio, es la gente de Estados Unidos que no lo comprende. En su viaje se apega a otros inmigrantes mexicanos y latinos que lo llevan a trabajar como un chalán. A pesar de que todos vienen de la misma tierra, se nota un distanciamiento con Ulises, de quien se burlan constantemente por su forma de vestir y su peinado. Desconocen su sentido de identidad, pero eso es algo que también ha estado presente en la vida real, en donde los pandilleros cholombianos también fueron rechazados abiertamente por la sociedad. Ulises encuentra un poco de refugio en Lin (Xueming Angelina Chen), una chica un año menor que él, quien de alguna manera se siente identificada con Ulises, ya que ella y su abuelo también son inmigrantes. Si bien Lin tiene ascendencia china y no puede comprender una gran mayoría del contexto de Ulises, no puede evitar verlo con fascinación e intenta apegarse a él, intentando aprender español y acompañándolo. Aquí es donde Frías aborda otro tema interesante: el choque cultural. Es fantástico ver cómo ambos personajes intentan relacionarse a pesar de no tienen un idioma en común para comunicarse. También, a lo largo del desarrollo de esta parte de la trama, Ulises se ve metido en una serie de problemas que lo ponen en un dilema sobre si lo mejor para él sería regresar a Monterrey o si debería seguir intentando encajar, justo como lo ha tratado de hacer durante toda su vida.
La música es otro tema alucinante en esta discordante obra cinematográfica. Frías comprende que la tan peculiar y famosa "cumbia rebajada" es un punto central, no solo en esta película, sino en el contexto de los cholombianos y, por ende, en la construcción del personaje de Ulises. Se podría decir que la música es lo único que tiene este errante personaje y lo único que lo sigue acompañando, aún en la distancia. La película inicia justo cuando el joven cholombiano abandona su país, pero poco después, gracias a una serie de elipsis, regresamos al pasado para entender cómo es que el chico terminó en Queens, Nueva York, viviendo en la azotea de un edificio donde a lado pasa el metro. Esta colección de memorias aparece cada que Ulises se pone los audífonos, recordando lo que alguna vez fue el bailar en la cima de la loma donde está asentado su barrio. Bailar para ser libre, para sentirse vivo, pero también para sobrevivir y para recordar de dónde viene uno, dónde están sus raíces. La película se vuelve una yuxtaposición de imágenes entre el Ulises que corre con sus amigos Los Terkos para conseguir dinero y comprar un reproductor mp3 y el Ulises que corre con ese mp3 en sus manos, pero en las calles del gran monstruo urbano que es Nueva York, siendo perseguido por otros pandilleros que lo odian.
Otro tema en particular que se menciona en la película, pero que no se explora del todo, es el tema de la violencia y también, el hecho de que esta obra se concibe en un momento histórico muy difícil en la cuestión de la seguridad y el crimen. Durante buena parte del tiempo, sobre todo en el primer acto, encontramos un momento de diversión y de fascinación por el retrato que la película hace sobre los cholombianos y sus bailes, sus cumbias y sus fiestas. Sin embargo, en unas cuantas escenas, la película se encarga de regresarnos a la realidad: no es un coming of age divertido y diferente; es un cuento urbano de terror donde sus protagonistas viven en el infierno, pero no lo saben; no quieren darse cuenta. Ya sea por medio de los famosos spots presidenciales, donde el infame gobernante que tuvo México entre 2006 y 2012 hablaba con mucha expertise sobre las razones por las que su administración mantenía una encrucijada contra el crimen organizado (discurso que contrasta por completo con las acciones que se muestran en la película), o a través de metraje real de noticias y reportajes de la época como el de la maestra de kinder que calmó a sus alumnos con una canción, mientras afuera del colegio ocurría una balacera. No obstante, el acercamiento que Frías tiene con respecto a este tema es sutil, a diferencia de otras producciones mexicanas que también tienen comentarios sociales y que se terminan perdiendo en los mismos, dejando de lado la historia que estaban contando. En este aspecto, Frías entiende que no tiene por qué dejar que su película caiga en el mismo error y que le beneficia más que este aspecto se entienda como algo meramente contextual y hasta que sea lejando. Después de todo, esto también funciona como un paralelismo de lo distantes que se sienten los jóvenes de la Kolombia Regia como Ulises, con respecto a la sociedad.
La película que nos propone Frías es muy valiosa y nos regala una serie de reflexiones sobre muchas cosas que, estando presentes en esta tribu urbana en particular, pueden afectar de distintas maneras a la sociedad mexicana en general. La crudeza y la zozobra de la infame guerra contra el narcotráfico sigue latente en los mexicanos, independientemente de quién mire esta película. Asimismo, el choque cultural con personas de otros lugares y el sentido de pertenencia son temas que tienen lugar en la vida de cualquier persona que se sienta parte del mundo globalizado, e incluso de aquellos que siguen resistiendo al cambio. Ya no estoy aquí es eso: una película de cambios, donde su protagonista es forzado a evolucionar, pues el hogar que alguna vez conoció también está en una etapa de transición y las cosas nunca van a ser las mismas.
Ya no estoy aquí es un fantástico trabajo de producción. Fernando Frías está levantando la mano para ser uno de los contribuidores más valiosos en el cine mexicano. Su trabajo de dirección es grandioso, sobre todo en el hecho de que sus actores principales no son profesionales y la gran mayoría de los cholombianos que salen en pantalla, son gente de barrio en la realidad. Esto es importante, porque todas las escenas que involucran a Ulises y su tribu se sienten auténticas; por momentos, como si se tratase de un documental y no una obra de ficción en sí. A esto le podemos complementar el grandioso trabajo de producción, edición (a cargo del mismísimo Yibrán Asuad) y foto que crean una película naturalista muy bella que contrasta la crudeza de la violencia con la poesía del baile. Los pocos desperfectos que tiene esta obra (si tuviera que escoger alguno), no arruinan en lo absoluto la apreciación que Ya no estoy aquí se merece. Si acaso, sobre el inicio, la edición puede ser un poco confusa (con el tema de las elipsis) y la historia de Ulises en Nueva York se siente un poco insatisfactoria sobre el final, más que nada por cómo se define su relación con Lin. Sin embargo, es entendible que Frías haya tomado el tipo de decisión que tomó con respecto a ese tema en particular para poder encaminar a la película a un final que es completamente desolador, cruel y formidable.
Ya no estoy aquí es una de las mejores películas mexicanas de los últimos tiempos. También es una de las obras más estupendas e imponentes que se hayan hecho en la industria de este país. El cine mexicano es una industria que a lo largo de la historia nos ha dado a escoger entre dos polos opuestos: la comedia romántica hueca que copia a otras comedias y solo refuerza estereotipos, y la crítica social cruda, llena de mucho shock value, pero completamente insustancial que, más que ejercer un apunte importante sobre la realidad, termina distorsionándola de una manera cínica. Precisamente por eso es fundamental darle una oportunidad a películas como ésta que se atreven a salirse de estas limitaciones. Ya no estoy aquí no es la típica crítica social cínica e insustancial; es un valioso y honesto discurso sobre lo que significa vivir y crecer de forma no alienada en una sociedad que no te comprende y te intenta comer vivo. Esto es el México bárbaro que nos tocó vivir. Pero no todo está perdido, pues aún nos quedan las pasiones, aún podemos escapar de este contexto tan aterrador sin tener que estar físicamente a miles de kilómetros de casa. Ante la adversidad, solo nos queda ser tercos. Tercos x siempre, lokos.
Calificación personal: 9.3

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