Hace poco más de un año tuve la oportunidad de conocer el trabajo del cineasta mexicano Salomón Askenazi gracias a su segundo largometraje Dos Veces Tú (2018), que llegó de forma limitada a algunas salas nacionales a principios de 2020. La película de misterio de Askenazi narraba de manera caótica y enigmática el proceso de duelo y de trauma de dos hermanas que se ven involucradas en un accidente automovilístico junto a sus parejas. Se trata de un interesante ensayo que juega con el concepto de lo hipotético y lo aterriza en una realidad sombría y agobiante.
Este estilo de contar historias tan particular ha consolidado, de alguna forma, la carrera aún incipiente del realizador, quien ahora propone una nueva observación sobre el trauma y la percepción humana sobre la realidad con El rey de la fiesta, su más reciente película que apenas vio la luz en el Festival Internacional de Cine de Morelia. En esta obra vemos al actor Giancarlo Ruiz interpretar a dos personajes principales, los hermanos gemelos Héctor y Rafael, quienes a pesar de compartir una apariencia idéntica, tienen dos personalidades completamente distintas. Héctor, el verdadero protagonista aquí, es un hombre de mediana edad que a pesar de tener un buen trabajo, esposa y una hija, se siente inconforme con su vida. Por otro lado, Rafael aún vive con el papá, se la vive en las fiestas y mantiene un negocio de venta de obras de arte que parece clandestino a lado de su mejor amigo. Rafael es criticado por su hermano por comportarse como un niño que vive despreocupado y sin responsabilidades, pero a diferencia de Héctor, él vive en una aparente libertad y goza de una excelente reputación dentro de sus círculos sociales. Todo cambia una mañana cuando Héctor se entera que el vuelo que su hermano había tomado a Hawaii se estrella y no se reportan sobreviviente, lo cual obliga al protagonista a decidir entre comunicarle la dolorosa noticia a su padre y amigos, o vivir una doble vida encubierto como Rafael.
La premisa que tiene El rey de la fiesta se presta para un completo análisis psicológico y filosófico. No es de extrañar que desde los primeros segundos de la cinta se escuche el famoso monólogo The Dream of Life del filósofo Alan Watts, que sirve de ejemplo perfecto para ilustrar lo que la película de Askenazi representa: es un estudio sobre la percepción de la realidad y cómo el conflicto es determinante para cambiar drásticamente la representación de la misma.
When a man no longer confuses himself with the definition of himself that others have given him, he is at once universal and unique. He is universal by virtue of the inseparability of his organism from the cosmos.
—Alan Watts

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